Yo no sé si esto de pensar más de la cuenta le pasa a todo el mundo. Creo, acertada o equivocada, que en el mundo hay millones de personas más simples, “que no se comen la olla”. Más de una vez y más de dos esas personas me dan envidia.

Porque yo ya era un poco “rara” de pequeña. Flacucha y desgarbada, con gafas desde que puedo recordar. En una época en la que sólo llevaba gafas la gente muy cegata. Pero es que yo estaba muy cegata. Y además, bastante bizca. La cuestión es que perdí la visión del ojo izquierdo a los 3 años, como consecuencia de una enfermedad llamada toxoplasmosis. Entonces era una cosa muy rara, que nadie sabía muy bien qué era.

Como nací con la necesidad intrínseca de explicarme, cada vez que en el cole me preguntaban (o me insultaban directamente) por qué bizqueaba, yo intentaba soltarles el rollo de la toxoplasmosis. Y aún era peor.  En realidad, no les interesaba. Pero yo era tan inocentona que me creía que sí. Y me creía que una buena explicación acabaría de una vez con el rollo ese de “tú no puedes jugar por que eres bizca”, “tú no que no ves la pelota”.

Una de las cosas que les hacía más gracia era que fuese capaz de decir de corrido esa palabreja tan extraña. Pero esa, y muchas otras. Hasta mi padre me tomaba el pelo por eso (en vez de estar orgulloso, vaya perla). Había por aquel entonces un torero que se llama “Bitigudino”, y mi padre se divertía haciéndome repetir su nombre. Decía que ni los expertos en toros sabían decirlo bien, y según yo, como una boba, la repetía, el tío se reía a mandíbula batiente. Y ya no te digo nada de mis hermanos. Hasta que mi madre los mandaba callar a todos y me decía: “Virgi, cariño, no te dejes más tomar el pelo”. Nunca he sabido manejar las situaciones de acoso. Me voy de un extremo al otro. O me dejo pisotear vilmente, o cuando hago lo que yo siento que es defenderme, siempre me paso de la raya. Pero entonces aún tendía principalmente a callarme, sentirme fatal y aguantarme. O esperar a estar en mi cama para llorar, que se me daba muy bien.

Con el tiempo he sabido que uno de los grandes regalos que me ha hecho el universo es el don de la palabra, y me ha sido muy útil. En ocasiones he sido admirada por ello. Pero entonces…entonces era una de las etiquetas para los raros. Porque los niños tenían que ser brutos, no saber hablar. Y a las niñas les tenían que interesar las muñecas, los vestidos y cotillear. No hablar, leer y escribir.

Hablando de gafas, no es que hubiese mucho donde escoger, pero yo encima me empeñé en unas de montura cuadrada tipo carey, que llevaba no sé que personaje público, y que me parecían lo más. Y me sentaban fatal.

Llevaba el pelo larguísimo, casi por la cintura. Tenía un pelo estupendo, y me sentía muy poca cosa, así que cultivar mi melena me parecía una especie de “ancla” para ser alguien. Aún hoy en día es uno de los atributos que me hace sentir bien o mal: si mi pelo está bien, me como el mundo. Si está mal, como Sansón, me siento una mierda.

Y era listilla, lo cual me hacía parecer una empollona. Juro que no lo era. Nunca he estudiado más allá de lo estrictamente necesario. Pero se me daba bien el cole y me encantaba sacar buenas notas. Al fin y al cabo, era una forma de brillar. Y eso, cuando eres la tercera de cuatro hermanos es condenadamente difícil.

Hacer este esfuerzo de recordar ciertas cosas, y encima ponerlas por escrito no es del todo fácil. Porque una de las cosas que he desarrollado con los años es una necesidad enferma de demostrar al mundo que soy la leche. Yo, y todos a los que quiero (principalmente mis hijos, que odian esta faceta mía de andar por ahí vacilando de lo guais que son).

Seguramente es una manifestación de un nivel de inseguridad brutal que nació en aquella época, y que no he conseguido superar del todo. O del nada. Porque esta obsesión que tengo por intentar ser siempre la mejor es un indicio muy claro.

Tengo más cosas para desgranar, pero para un post creo que es suficiente.


Virginia

Virginia es consultora. Con más de 20 años de experiencia profesional, se ha especializado en la ejecución de proyectos de consultoría, obteniendo resultados muy satisfactorios para los clientes en diversas situaciones de toma de decisiones durante períodos de cambios organizativos Entre su experiencia se encuentra haber sido Manager Consultant en Capgemini y Socio consultor para la división de consultoría del Grupo Brain. Virginia es licenciada en psicología por la Universidad de Barcelona y executive MBA por la Universidad de Barcelona virtual, Fundacio Les Heures. Es, además, miembro de AEDIPE (Asociación Española de Directores de Personal) y del Club Internacional del Coaching. Virginia En 2005, fundó Talent & Value, su propia "boutique" de consultoría. Manteniendo su línea emprendedora, actualmente se encuentra inmersa también en otros proyectos empresariales relacionados con el ocio y las redes sociales.