Siempre me ha gustado leer y escribir. Desde pequeñita. Recuerdo que me tragaba los libros de colecciones infantiles a montones. También recuerdo leer a escondidas, con una linterna, después de la “hora oficial” de apagar las luces.

Al llegar a la adolescencia, empezó también la inquietud por escribir mis sentimientos. La primera vez, escribí una especie de poema en las tapas de mi libreta del colegio. Una de las monjas me lo pilló y se divirtió de lo lindo ridiculizándome delante de mis compañeras. Así era entonces el sistema educativo. Me río yo del bullying. Entonces te lo hacían hasta los profes si no te defendías.

 

 

Siempre he pedido que me regalasen libros o diarios en blanco (cuando se estilaba escribir sobre papel, no hace tanto). He llenado montones de ellos. Todos se han ido perdiendo. He utilizado la escritura para escribir cartas de amor que dejaban constancia de los sentimientos que no me atrevía a expresar, para espantar los demonios en noches de ansiedad cercana a la locura, para no olvidar y para hacerlo…

Durante años soñé con escribir una novela. Pero nunca he tenido suficiente confianza en mi misma (gracias Madre Gertrudis) ni suficiente disciplina personal o tiempo, o las dos cosas, para diseñar un proyecto concreto  y sentarme a escribir con regularidad y con un objetivo claro.

En el aspecto profesional sí. Prueba evidente de ello es la cantidad de posts profesionales que tiene este blog, que, comparados con los personales, son muchos más.

Pero a nivel personal, me cuesta encontrar el momento y tiendo a la procastrinación (uff, que fea palabra).

Es una pena, he dicho muchas veces que tengo una vida digna de un buen guión para Almodóvar. Quién sabe, tal vez algún día.

Todo este rollo para “excusarme” porque hace casi un año del último post personal que escribí, el fatídico 17 de agosto de 2017.

Últimamente ando metida en encontrar actividades satisfactorias para mi tiempo libre. Lo de salir de juerga ya no me apetece tanto como antes. Los chicos han crecido. Y me empiezo a enfrentar al “síndrome del nido vacío” navegando entre la inquietud de encontrar cosas que me gustaría hacer y  la pereza que conlleva el cansancio de una vida muy intensa.

Hace meses que proyecto darle más vida a este blog, quedándome muchas veces en ese pensamiento feo del “Vir, deberías…”. Pero claro, por ahí no es. Tiene que ser “me apetece”. Pues bien, aquí estoy. Viernes por la tarde y.en vez de tumbarme en el sofá a tragarme series por la tele, me ha apetecido más sentarme a escribir.

Tengo mucho que contar…seguiremos


Virginia

Virginia es consultora. Con más de 20 años de experiencia profesional, se ha especializado en la ejecución de proyectos de consultoría, obteniendo resultados muy satisfactorios para los clientes en diversas situaciones de toma de decisiones durante períodos de cambios organizativos Entre su experiencia se encuentra haber sido Manager Consultant en Capgemini y Socio consultor para la división de consultoría del Grupo Brain. Virginia es licenciada en psicología por la Universidad de Barcelona y executive MBA por la Universidad de Barcelona virtual, Fundacio Les Heures. Es, además, miembro de AEDIPE (Asociación Española de Directores de Personal) y del Club Internacional del Coaching. Virginia En 2005, fundó Talent & Value, su propia "boutique" de consultoría. Manteniendo su línea emprendedora, actualmente se encuentra inmersa también en otros proyectos empresariales relacionados con el ocio y las redes sociales.