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jugando a establecer alianzas: pactar, confiar, descubrir, aprender y hasta reirse

Una de las cosas que uno se plantea cuando no tiene nada más que lo que está en su cabeza para salir al mercado, es la conveniencia de “ir de la mano de alguien”. Uno se hace toda suerte de razonamientos con mucho fuste para autoconvencerse de que es una decisión estrictamente profesional y estratégica.

La realidad, desde el punto de vista psicológico, es muy otra. La cruda realidad, y aunque cuesta mucho reconocerlo, es que esto del “emprendedorismo” da un miedo de narices. Y uno se mete pero en el fondo, allí en el rincón del subsótano tres a la izquierda del subconsciente, uno no cree ser lo bastante bueno, lo bastante conocido, lo bastante comercial o lo bastante fuerte para hacerlo solo. Así que uno empieza a buscar lo que en nuestro entorno se llaman “alianzas estratégicas”.

La aventura de buscar partnerts tiene un componente racional, otro de conveniencia y cómo no, otro de intuitivo y/o emocional. Tropiezas con alguien con quien hay algún tipo de sinergia profesional, valoras la conveniencia de “hacer algo juntos”, y tu intuición te suele decir si esa alianza te apetece o no.

A mí, para decir la verdad, me gusta sobre todo establecer alianzas en aquellos casos en los que mis tripas no protestan. La experiencia me ha demostrado que, si las tripas protestan en los primeros encuentros y/o conversaciones, el acuerdo de turno acaba por convertirse en una pesadez, y eso sólo en el mejor de los casos. Otras veces acaba por convertirse en una auténtica pesadilla, cuando no termina cómo esas discusiones barriobajeras de mujerucas en un mercado abarrotado.

La primera experiencia, a los pocos meses de estar trabajando por mi cuenta, la tuve con una ex colega de trabajo que se subió al carro de mi recién estrenado negociete con la excusa de que teníamos un intermediario común con el que se llevaba fatal. El susodicho se nos llevaba el ochenta por ciento de los beneficios de los trabajos realizados sin pegar ni golpe, simplemente porque él era quién conocía al cliente desde antes.

Una de las cosas que pasa en este oficio es que los clientes son como los juguetes para los bebés: ¡MIO! Aquí cuenta poco si sabes o no hacer las cosas. Para eso se inventó la subcontratación. Si tienes un cliente, como Golum, tienes TU TESORO.

Así las cosas, me propuso hablar con el cliente y darle la oportunidad de decidir. Y nos salió bien, porque el cliente decidió quedarse con nosotras, y dejar de pagar el “impuesto revolucionario”.

Enseguida surgieron algunas pequeñas dificultades. La moza en cuestión andaba teóricamente de año sabático. Al parecer, nuestra anterior vida de corderitos de multinacional la había dejado tan exhausta que necesitaba unas merecidas y largas vacaciones.

Esto ya debió poner en marcha a mis tripas, levantar algún tipo de alarma. Esto de emprender es duro, y para ponerse en serio es una buena condición la necesidad de ganarse la vida. De otro modo, la tentación de adoptar actitudes poco emprendedoras es demasiado grande y constante. Pero ya he comentado antes que la soledad es muy mala, y si mis tripas me dijeron algo yo opté por no hacerles ni caso.

Volviendo a lo que íbamos, como la moza estaba de año sabático, decidió que sólo quería trabajar a un máximo del cincuenta por ciento de ocupación, y en labores de organización y control del negocio. Así las cosas, una servidora trabajaba como una burra, la partner sólo a ratitos, y nos repartíamos los beneficios por mitades.

Debo decir en su favor que contribuyó considerablemente a la creación de lo que hoy es una de nuestras marcas.

La cosa es que un día se me ocurrió plantear la conveniencia de revisar los acuerdos: cada vez había más trabajo de producción y yo iba literalmente echando el bofe, y me parecía que se estaba generando una situación poco justa.

Valiente atrevimiento el mío. ¿Tratar de equilibrar las cosas?¿De dónde ma había yo sacado semejante idea? La broma acabó en un bufete de abogados.

No contenta con decidir que ese trato ya no le interesaba, mi partner decidió reclamarme la friolera de medio millón de euros en concepto de los beneficios futuros de la marca que habíamos creado juntas. Vale la pena aclarar al lector que estamos hablando de un momento en el que la facturación total del negocio ascendía a poco más de cincuenta mil euros.

Prefiero no contar los detalles de las últimas conversaciones que tuvimos, ya que rozan lo esperpéntico, por no hablar de cómo la “gente bien” (que lo era la señorita) pierde las formas en situaciones de desacuerdo.

Por suerte, las cosas no son siempre así.

Algunas veces tropiezas con personas que hacen honor a ese calificativo.

Actualmente, tengo por socio a otro ex colega de trabajo que tiene sentido de la justicia y de la equidad, que tiene un concepto similar al mío de lo que significa levantar un negocio, y al que enseñaron de pequeñito el significado de la ética y la honestidad.

En nuestra andadura de pequeños empresarios con voluntad de establecer alianzas, hemos visto cosas de todos los colores.

Gente que no tiene ni idea de qué va esto y se te acercan pretendiendo que les enseñes el oficio para ponerse a hacerte la competencia.

Gente que tiene alguna noción del oficio pero prefiere trabajar poco y sabe que de nuestra mano podrá recolgarse un poco.

Gente que pretenden crecer a nuestra sombra (tan corta, dicho sea de paso) y luego reprocharnos que no lo hacen lo bastante deprisa.

Gente que cree que sabe mucho más de lo que sabe en realidad.

Y, por suerte, alguna gente con la que podemos trabajar y en la que podemos confiar.

Aunque, desgraciadamente, debo decir que de entre todos creo que sólo se salvan unos.

Nosotros, tozudos, seguimos a la nuestra: aliarse, establecer acuerdos, pero eso sí: hacer perdurables sólo aquellos que nos demuestren que el que está del otro lado es persona, en el más estricto sentido de la acepción.