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Una reflexión acerca de la responsabilidad

Estos días se habla mucho en “petit comité” de la próxima huelga general, convocada por los sindicatos para este miércoles 29. Nos planteamos unos a otros qué postura vamos a adoptar, tanto nosotros como nuestros conocidos, amigos, y diversos actores de nuestro entorno. En una de esas conversaciones, me llegó la información de un jefe que, al no tener claro qué postura adoptar ni que aconsejar a sus colaboradores, decidió tomarse toda esta semana de vacaciones para evitar enfrentarse a una situación que, con toda probabilidad, no sabía muy bien cómo resolver. Lo primero que se me ocurrió fue pensar en la falta de responsabilidad hacia su gente y su empresa que esa decisión implica. Y así es como este es el tema que he escogido para el post de esta quincena.

Me he tomado la molestia de buscar una definición de la palabra “responsabilidad”, que, aunque de sobra conocida por todos, creo que es útil encuadrar bien antes de hablar de ella.

La palabra responsabilidad proviene del latín responsum, que es una forma de ser considerado sujeto de una deuda u obligación (ejemplo: “Los conductores de vehículos a motor son responsables por los daños causados por sus máquinas”).

La responsabilidad es un valor que está en la conciencia de la persona, y que debe permitirle reflexionar, administrar, orientar y valorar las consecuencias de sus actos, siempre en el plano de lo moral. Una vez que pasa al plano ético (puesta en práctica), persisten estas cuatro ideas para establecer la magnitud de dichas acciones y afrontarlas de la manera más prepositiva e integral, siempre en pro del mejoramiento laboral, social, cultural y natural.

El cumplimiento responsable a nuestra labor humana, sea cual fuere, se regiría por principios como:

  • Reconocer y responder a las propias inquietudes y las de los demás.
  • Mejorar sin límites los rendimientos en el tiempo y los recursos propios del cargo que se tiene.
  • Reporte oportuno de las anomalías que se generan de manera voluntaria o involuntaria.
  • Planear en tiempo y forma las diferentes acciones que conforman una actividad general.
  • Asumir con prestancia las consecuencias que las omisiones, obras, expresiones y sentimientos generan en la persona, el entorno, la vida de los demás y los recursos asignados al cargo conferido.
  • Promover principios y prácticas saludables para producir, manejar y usar las herramientas y materiales que al cargo se le confiere.

La anécdota que ha desencadenado este escrito me ha dado que pensar en referencia a un tema que es para mí recurrente cuando pienso en entornos empresariales (y que es casi siempre). En los últimos tiempos, se habla, escribe y especula constantemente acerca de los diversos medios, métodos, enseñanzas, etc., de los que puede rodearse un directivo/mando para mejorar su gestión. En contadísimas ocasiones, los gurús del mundo económico y empresarial aluden al sentido de la responsabilidad como paradigma o base para garantizar una gestión adecuada. Parecería que, como el valor en el ejército, a un directivo o mando el sentido de la responsabilidad “se le supone”.

La realidad es que, a menudo, los comportamientos poco eficientes de los mandos tienen que ver más con la necesidad de aprender a asumir y ser consecuentes con la responsabilidad que les ha tocado que con la ausencia de otras competencias más soft.

Asumir la responsabilidad no ya sobre los propios actos, sino sobre los actos y resultados de otras personas, es tarea difícil y a menudo poco agradable. Resulta muy poco atractivo afrontar cuestiones como la del próximo día 29, e implica tomar numerosas decisiones (¿penalizaremos la ausencia de nuestro equipo?¿será el mismo criterio para aquellos que intenten venir a trabajar y no lo consigan que para los que no lo intenten?¿Cómo les apoyaremos si se encuentran con dificultades?¿cuántas alternativas tenemos?¿podemos decidir por nosotros mismos o debemos implicar a otros en la decisión?… la lista podría ser aún mucho más larga).

Entender que la responsabilidad, a menudo lleva aparejados momentos de incertidumbre, riesgo a equivocarse, decisiones incómodas, tareas poco atractivas, nos obliga a reflexionar también acerca de la coherencia y honestidad personal de aquellas personas que ostentan “responsabilidades”.  Evidentemente, no estaremos en posición de actuar de forma responsable si carecemos de ellas en un grado mínimo.

El impacto que tiene en los resultados de la gestión empresarial la no asunción de la propia responsabilidad es, casi siempre, nefasto, se vea inmediatamente o no. Más tarde o más temprano la cuestión aparecerá por algún lado. En el caso de la anécdota que nos ocupa, la decisión del jefe ha generado que varios subordinados que tenían pensado acudir al trabajo, se acojan a la posibilidad de tomarse un día tipificado como de “asuntos propios”. En cuestiones de mayor magnitud, la bola va creciendo, y se va generando un clima de evitación de la responsabilidad que redunda en numerosas ineficiencias y pérdidas económicas de difícil cuantificación.

Tal vez, quienes nos dedicamos a asesorar a mandos y directivos deberíamos reflexionar al respecto, y orientar nuestro trabajo de tal modo que dé a la dificultad para asumir responsabilidades la importancia que tiene, y la sitúe entre las cuestiones de máxima prioridad. Tal vez, detrás de esa supuesta ceguera nuestra respecto de este tema, se esconde cierta prevención a cuestionar algo que se supone incuestionable. Tal vez, deberíamos perder un poco el miedo a trabajar con nuestros clientes  una competencia de vital importancia para el adecuado desarrollo de su actividad.

Mantener el nivel de motivación y compromiso en tiempos difíciles: “cuando el hambre entra por la puerta, el amor sale por la ventana”.

En estos tiempos que corren, y con la coyuntura actual, todos nos estamos enfrentando, en mayor o menor medida, a las dificultades. Algunos sólo ven mermar sus beneficios. Otros ven cómo el vecino de al lado es “víctima” de un ERE. Otros ven, con impotencia, cómo se desmonta lo construido durante años de esfuerzos. Otros se han salvado milagrosamente, pero ya han sido capturados por el miedo a perder. Otros creen, todavía, que las cosas mejorarán antes de que les toque sufrir, y se dan el lujo de “hacerse los ciegos”.
En mayor o menor medida, más de cerca o más de lejos, todos estamos vislumbrando como “el hambre entra por la puerta”, como se acercan o ya tenemos serias dificultades para garantizar la supervivencia. Aparentemente, tenemos a nuestra disposición gran cantidad de información acerca de las palancas que podemos utilizar para mantenernos. Los discursos de los gurús se han llenado de “fórmulas mágicas” que nos ayudarán a capear la crisis: excelencia para sobrevivir, liderazgo para sobrevivir, métodos para sobrevivir, y podríamos citar un largo etcétera.
La realidad es que nadie, ni los que saben mucho, tenemos una perspectiva clara de hasta dónde podemos llegar a descender, cada uno desde dónde esté, o de cuáles de las medidas que tomamos nos encaminan o no hacia la resistencia. Esto es debido a que hace muchos años que la sociedad no se enfrenta a una crisis como ésta, que ha atacado duramente a los cimientos del sistema en el que hemos basado el crecimiento de las últimas décadas.
En este contexto, se hace imprescindible regresar a los valores históricos, a los que resultaban eficientes antes de que nos creyésemos que nuestra capacidad de generar riqueza no tenía límites. Es preciso volver a sustentarse en los valores que han aportado soluciones en tiempos de escasez, que muchos ni recuerdan.
Yo aún puedo recordar a mi madre haciendo muchos números para que el sueldo de mando intermedio de mi padre diese para sacar adelante a una familia con cuatro adolescentes. He esperado con ilusión a que mi hermano mayor se cansase de unos tejanos para heredarlos, y he dado montones de horas de clases de repaso para ahorrar para unos zapatos. Pero lo que entonces parecía normal (compartir recursos escasos, asumir la frustración, asumir responsabilidad sobre el bien común, sobrecargarse de trabajo para contribuir) hoy se nos aparece como algo injusto, que seguramente es culpa de otros, y que nos obliga a sufrir “por su culpa”. Es en ese punto donde “el amor sale por la ventana”.
Si la motivación y el compromiso de todos los que estamos implicados en un mismo barco es difícil de mantener en época de “vacas gordas”, ¿cómo no será ahora de difícil, cuando sobrevivir es un auténtico reto?
El amor sale por la ventana cuando olvidamos que la supervivencia es responsabilidad de todos los implicados. Cuando empezamos a mirar al otro al microscopio para encontrar qué ha hecho para contribuir a nuestras actuales dificultades, pero olvidamos reflexionar acerca de nuestros propios errores. Cuando empezamos a pensar que mejor dividimos la atención por si las cosas acaban mal, así tendremos un plan B, en vez de concentrarnos en resolver. Cuando empezamos a aflojar el nivel de esfuerzo porque, total, hagamos lo que hagamos los resultados no dependen sólo de nosotros.
El gran reto está en evitar que “el amor salga por la ventana” cuando las dificultades se acercan. Pero, ¿Cómo? Es en este punto donde debemos plantearnos volver a poner “de moda” el concepto de “administración de recursos escasos” que, recordémoslo, es el principio de Economía. Es el momento de resucitar comportamientos que creíamos que ya no eran necesarios tales como asumir nuestra parte de responsabilidad en la contribución a los resultados, asumir la precariedad no como una enfermedad sino como parte de nuestro entorno, asumir la necesidad de compartir, heredar, aportar, reflexionar, estrecharnos, ser generosos desde la escasez, etc.

aventuras de un emprendedor en tiempos de crisis ética y económica

Hace cuatro años una desgraciada circunstancia me convirtió, por casualidad, como pasa con casi todas las cosas importantes de la vida, en emprendedora por obligación.

La historia no es, ni mucho menos, original. Sin embargo, la contaré para que el lector empiece a entender cómo la que suscribe llega hasta aquí y decide, en uno de tantos momentos de crisis de motivación, dejar constancia de sus vivencias en el apartado profesional de su vida.

Una servidora llegó a este mundo de la consultoría por casualidad y rebasada la treintena. Yo, de jovencita, lo que quería era ser psicóloga y, por supuesto, dedicarme a la clínica, y a ser posible a casos verdaderamente complejos.
Las circunstancias hicieron de las suyas y en primero de carrera me vi teniendo que dejarlo para ponerme a trabajar para contribuir a sacar adelante una de las primeras familias monoparentales de este país en evolución de todas clases. Así las cosas, la carrera se alargó unos cuantos años, y la distribuí como puede compaginándola con mis trabajos habituales.

En honor a la verdad, debo decir que, sin ser demasiado consciente de ello, le encontré el gusto a hacer bien mi trabajo, y a preocuparme por mejorar las cosas allí donde estaba. Esto me fue llevando a un progreso profesional que ni planificaba ni esperaba, pero sí fui capaz de aprovechar. En paralelo, a medida que la carrera avanzaba, y tan metida en el entorno empresarial, me dejó de interesar la psicología clínica y opté por lo que entonces se llamaba psicología industrial.

En un momento dado, empecé a hacer formación en habilidades directivas a empresas en calidad de free-lance. En esas lides andaba cuando me crucé en un hotel con un equipo de una consultora especializada en el tema, y el resto es historia: empecé a trabajar para ellos a tiempo parcial, me acabé incorporando a tiempo completo, sobreviví a dos fusiones, empecé a participar en proyectos que no eran estrictamente de RRHH, aprobé con nota un MBA, hice lo que se llama “carrera” en lo que se había convertido en una de las “big five” del negocio.

Hacia finales del año 2003, andaba yo preocupada porque mi brillante carrera profesional había dado al traste con toda mi vida personal y replanteándome las cosas cuando un “head hunter” llamó a mi puerta (en realidad a mi teléfono). La prueba de que, por muy inteligentes que sean las personas, nadie estamos libres de cometer grandes errores, es que, supongo que porque me apetecía, me creí todo lo que me contaron aquellos señores tan puestos en el mercado del trabajo de lujo, que por entonces estaba en pleno auge. Me vendieron un puesto de socio en una consultora pequeña especializada en proyectos de recursos humanos. Me prometieron una filosofía de equilibrio entre vida personal y vida profesional. Me prometieron una cultura empresarial basada en el respeto a las personas y el cariño. Me prometieron un futuro brillante si hacía bien mi trabajo, y además respetando mi vida familiar, menudo chollo. Cualquiera les decía que no.

Lo que me encontré fue un jefe al que no le gustaba trabajar.

Un jefe que se había aprendido de memoria y de los gurús un discurso que sonaba muy bien, pero que no tenía nada consistente detrás.

Me encontré con un jefe que se creía que podíamos facturar a los clientes cifras astronómicas por auténtico humo.

Que no respetaba ni creía en mi demostrado saber hacer.

Que pretendía inmiscuirse en mi modo de llevar mi vida personal.

Que me inscribió en toda clase de cursos de autoayuda, coaching,  meditación, interiorización y no sé cuántas cosas más por la fuerza en aras de convertirme en mejor persona.

Vaya, resumiendo, me encontré con lo que los especialistas han dado en llamar “mobbing” y yo llamo simplemente engaño y abuso psicológico (hay un componente de necesidad en esto de ganarse la vida que no podemos obviar).

El engaño duró exactamente trece meses. Una servidora no se conformaba a que la trataran de aquel modo y presentaba batalla, así que se produjo lo inevitable: me despidieron.

Esto me puso en la siguiente situación: acababa de traspasar la cuarentena, tenía un buen bagaje de conocimientos y una familia que mantener y había aprendido de forma muy dolorosa que no siempre tus superiores saben lo que hacen y/o son mejores profesionales que tú. Así que se me ocurrió que a lo mejor me podía atrever a lanzarme a trabajar por mi cuenta.

Ahora estamos en el principio, en hace cuatro años. En estos cuatro años han pasado muchas cosas. He trabajado en buenas, malas e incluso infrahumanas condiciones. He ganado poco, nada y en algún momento algo de dinero. He aprendido, error tras error y prueba tras prueba, que ser un buen consultor no es equivalente a ser un buen empresario, y que si quieres convertirte en esto último tienes que mantener los ojos abiertos y el oído fino para observar cómo te rechinan algunos de tus propios comportamientos. Pero creo que ahora me puedo considerar a mí misma una emprendedora de veras, porque sigo aquí, esto ha crecido, tengo un socio en el que confío, no tengo intención de tirar la toalla, y seguimos luchando.

Una de las cosas que me rondan a menudo la cabeza, debido a las aventuras y desventuras de seguir alimentando este sueño casual, es que vivimos en una sociedad en crisis, y no sólo económica, sino también ética y de valores.

Todos los días me enfrento a situaciones en las que tengo que elegir seguir manteniendo mi escala de valores y no venderme a un sistema que hace aguas por todos lados. Todos los días tengo la triste evidencia de que los atorrantes, ignorantes, y gamberros profesionales se han adueñado del sistema socio-económico-profesional.
Y todos los días me niego a dejar de ser quién soy. Por suerte, a mis 45, mantengo la ilusión de que la gente honesta y luchadora acaba por sobrevivir a pesar de todo. Pero reconozco que estoy a menudo sometida a un ejercicio de reflexión para poder convivir con un entorno que no siempre es amable.

En uno de esos momentos andaba yo ayer cuando se me ocurrió que las cosas que veo, las anécdotas que nos ocurren, los obstáculos que salvamos a diario, pueden ser algo interesante para compartir.

Y así es como nace esta serie, que he dado en llamar AVENTURAS DE UN EMPRENDEDOR EN TIEMPOS DE CRISIS ÉTICA Y ECONÓMICA